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Análisis e Interpretación

Modelos de propaganda.

Modelos de propaganda.

(Para la elaboración de este artículo colaboró mi colega Jorge Amorós)

Pizarroso distingue tres tipos básicos de propaganda: propaganda blanca, propaganda negra y propaganda gris.

El primer caso, el de la propaganda blanca, hace referencia a una situación en la que la fuente se encuentra correctamente identificada y el mensaje no deja lugar a dudas. Es el caso que podemos apreciar en cualquier cartel electoral. En una situación aplicada al terrorismo, es cuando ETA efectúa un comunicado en el que se hace responsable de alguno de sus asesinatos, y las fuerzas policiales no tengan ninguna duda acerca de la veracidad de dichos comunicados. En el caso de demostrarse la autenticidad de la cinta de vídeo con el mensaje grabado que daba la autoría del crimen a alguno de los grupos vinculados con Al Qaeda también nos hallaríamos ante uno de estos casos.

La propaganda negra se da cuando, independientemente de la veracidad del mensaje, la identidad de la fuente ha sido falsificada. Si los autores del atentado fueran los mismos que dejaron la cinta de vídeo pero no fuesen fundamentalistas islámicos, entonces estaríamos ante uno de estos casos. No es infrecuente el que algún grupo terrorista lleve a cabo estas acciones, a fin de orientar la opinión pública en contra de alguno de sus enemigos. Se puede observar esto en varios de los conflictos que se han llevado a cabo en Latinoamérica, donde a menudo guerrillas y paramilitares se acusan mutuamente de ser los autores de alguna atrocidad en particular. De todos modos, no parece que ese sea el caso de los atentados del 11-M.

El último de los tres tipos básicos es la propaganda gris. En esta categoría, se da una situación en la que independientemente de una correcta o incorrecta identificación de la fuente, el mensaje emitido por la misma es falso, o cuanto menos, inexacto. Esto era lo que desde un primer momento se defendía desde el gobierno, afirmando que los comunicados de Otegi de que ETA no era responsable de la masacre eran rotundamente falsos, difundidos con el único ánimo de sumar confusión a un ambiente ya sumamente caótico, en el que las preguntas se multiplicaban y la sociedad se encontraba atemorizada y más que confusa por la enormidad de lo que acababa de ocurrir.

Proximidad.
 

Haciendo un análisis de lo anterior, y asumiendo que tal y como afirman las autoridades, la teoría con mayor peso es la de que Al Qaeda o alguna de sus  organizaciones fundamentalistas islámicas aliadas se encuentran tras las bombas, nos hallaríamos ante un caso de propaganda blanca y de carácter internacional. Puesto que el destinatario del mensaje, es decir, aquellos que deben sentirse atemorizados, no es únicamente la sociedad española. Se trataría de todos aquellos que están implicados en  la “Guerra contra el Terror” mantenida por los Estados Unidos y que les ha servido de justificación para acciones tales como la más que cuestionada invasión de Irak. Sociedades y gobiernos de todas partes se sienten amenazados y están multiplicando sus medidas de seguridad para evitar que lo ocurrido en Madrid el 11-M se repita en otras ciudades, así como reavivar el debate sobre la legalidad de la ocupación de Irak por parte de fuerzas internacionales.

Para lograr semejantes efectos, los terroristas han tenido que cometer un atentado que no fuese sólo de una escala desconocida en nuestro país, que ya se encuentra desgraciadamente acostumbrado al tiro en la nuca y al coche bomba. Se trataba de cometer un atentado de esta magnitud en occidente.
 

Desde los ataques del 11-S a las torres del World Trade Center, no había habido otro atentado de gran magnitud en Estados Unidos ni en Europa. Y aunque podría parecer lo contrario, para los terroristas que deseen una mayor cobertura informativa a través de la cual difundir su mensaje, no les basta con elevar el número de muertes que provocan sus atentados. Deben hacerlos de forma que haya una cercanía entre las víctimas y aquellos a los que va destinado el mensaje, la amenaza.

Esto es muy fácil de demostrar. Cuando en España se oye de algún atentado cometido en Irak contra ciudadanos iraquíes, apenas despierta un poco de interés en los medios, apenas algo más que el que crea el incesante goteo de muertos que hay en el conflicto Israel-Palestina. A menos que se trate de atentados que causen una atroz cantidad de víctimas, en cuyo caso se dará la información con mayor detenimiento. Pero si los muertos son occidentales, hay una sensación de proximidad mucho mayor, se muestra mayor interés y preocupación, y los medios ofrecen información más detallada acerca de estos casos.

Cuando los atentados tienen lugar ya sobre un territorio que nos resulte cercano, tanto geográfica como culturalmente, los efectos son exponencialmente mayores. En caso de ser atentados cometidos en el propio territorio, sobre todo si es en la capital, y con un resultado que alcanza los doscientos muertos... bueno, todos estamos sufriendo todavía la conmoción de lo ocurrido. España es el epicentro de todo lo ocurrido, pero los efectos han alcanzado todo el mundo. Es algo lamentable pero inevitable, a menos que se estableciese una censura intolerable en un estado democrático. Esto es lo que buscaban los responsables de la masacre.

Ser consciente de todo esto, tener conocimiento acerca del funcionamiento de estas situaciones ayudará a no resultar fácilmente manipulado por aquellos que quieren imponer su voluntad a través de la violencia, vengan de donde vengan.
 

El momento elegido.
 

El epítome del terrorismo sigue siendo el ataque a las torres gemelas en Nueva York, el 11-S. Incluso la correspondencia de fechas, ambos atentados cometidos un día 11, aunque sean meses diferentes, hace que este asunto sea susceptible de recibir una interpretación propagandística, aunque en el caso de Madrid, parece tener mayor peso el hecho de que las elecciones generales se hallaran tan próximas al momento de los atentados.

Esto parece cobrar cada vez más peso. Poco después de los atentados, un medio londinense que ya había servido otra vez como forma de difusión de los comunicados de Al Qaeda recibía un e-mail en el que la organización fundamentalista se adjudicaba la responsabilidad de los atentados. El día 17 de marzo, con las elecciones ya concluidas, el mismo medio recibía un nuevo comunicado en el que se informaba de la “suspensión de atentados” en el territorio español, suspensión que duraría, como mínimo hasta saber cuáles serían las consecuencias del cambio de Gobierno en la política exterior de España. Particularmente, en el mantenimiento del apoyo ofrecido por el Gobierno saliente a los Estados Unidos, y la permanencia de las tropas españolas estacionadas en Irak.

Con menos de cuarenta y ocho horas antes del inicio de la jornada de reflexión, las fuerzas políticas no tenían apenas ninguna manera de reaccionar ante tan dramática situación. La única solución que encontraron fue la de suspender de inmediato la campaña electoral para sumarse a una condena unánime contra los ataques terroristas. De todos modos, encontraron formas de canalizar, aunque fuese de manera indirecta, algunos de los actos realizados durante los días siguientes a los atentados. Todo ello a fin de minimizar los golpes políticos que seguro iban a recibir. Respondieron a la propaganda de los atentados con su propia contrapropaganda.

Propaganda y contrapropaganda.

Se trata de los métodos empleados para neutralizar los efectos de la propaganda del adversario. En todo este asunto, del que tantas cosas siguen sin estar claras, hay varios casos que pueden ser calificados como contrapropaganda.

Después de que Arnaldo Otegi hubiese hecho unas declaraciones en las que descartaba la responsabilidad de ETA en los atentados, el Ministro de Interior, Ángel Acebes hizo su comparecencia ante los medios de comunicación para explicar el desarrollo de los acontecimientos, tal y como ya se ha explicado con anterioridad. Esquivando la posibilidad de que la autoría fuese la de un grupo árabe, Acebes acusó ferozmente a ETA de ser responsable de la carnicería, repitiendo esta afirmación varias veces a lo largo de la comparecencia.
 

Cuando el presidente del Gobierno, José María Aznar, hizo unas declaraciones algunas horas más tarde, se mostró mucho más moderado a la hora de indicar la hipotética identidad de los responsables. En ningún momento hizo referencia a ETA, hablando de los autores en términos como “asesinos” y “terroristas”.

Fue después de que Aznar hiciese su declaración, según las fuentes oficiales, cuando las fuerzas de seguridad encontraron la famosa furgoneta que contenía los detonadores y versículos del Corán. Hasta ese momento, las pruebas por las que se guiaban los investigadores eran de carácter circunstancial; las recientes detenciones de etarras que se dirigían a Madrid con varios centenares de kilos de explosivos y los pasados intentos de atentar en la misma ciudad durante las pasadas Navidades apuntaban a un nuevo intento de la banda terrorista de atentar en la capital.

Acebes explicó el hallazgo de la furgoneta y su contenido tras la declaración de Aznar, por lo que el presidente no podía saber que estaba a punto de abrirse una nueva línea de investigación. Pero dado el fervor y compromiso que el presidente Aznar ha mostrado en su lucha contra el terrorismo de ETA a lo largo de sus dos legislaturas, es un tanto extraño que no mostrara una ferocidad en sus declaraciones semejante a la de su Ministro de Interior. Posiblemente decidió mostrarse más cauto. Posiblemente.

De todos modos, desde el anuncio de Acebes de que sin apenas ninguna duda, los asesinos eran miembros de ETA, hasta el momento en el que anunció la nueva posibilidad, la de Al Qaeda, habían transcurrido casi doce horas. Ese fue el tiempo que estuvo calando entre la ciudadanía la idea de que los responsables eran los de siempre, aquellos a los que combatía el gobierno, y que gracias a las acciones policiales de los últimos años, estaban contra las cuerdas. Para cuando Acebes habló de la posibilidad de Al Qaeda, de una forma mucho menos comprometida que cuando asumía que se trataba de ETA, gran parte de la población estaba ya convencida de que los responsables eran los etarras.

Pero para ser sinceros, la responsabilidad no repercute únicamente en el Gobierno. La mayor parte de medios de comunicación compartía la creencia del ministro de Interior. Las portadas de las ediciones especiales de varios de los periódicos del día once declaraban que ETA era la responsable. Muchos de los articulistas de opinión no esperaron a tener ningún tipo de confirmación, así como multitud de tertulianos televisivos y radiofónicos. Su error es completamente comprensible, pero es nuestra opinión que deberían haberse mostrado un poco más cautelosos antes de comenzar un rumbo de acción erróneo. Ese era su deber como periodistas.

Pero volvamos al Gobierno. El día doce de marzo se convocó una manifestación para mostrar la indignación, la ira y el dolor por lo que había ocurrido el día anterior, y también para dejar claro que la población no se dejaría amedrentar, que los terroristas no iban a ganar cometiendo sus crímenes.

Se trataba de una manifestación institucional, convocada desde el Gobierno, y a cuya cabecera figuraban algunas de las figuras más importantes de la política nacional; el presidente del Gobierno, dirigentes de los principales partidos políticos, de los sindicatos... incluso el príncipe Felipe se hallaba presente, siendo esta la primera vez que un miembro de la Casa Real toma parte en una manifestación. La cantidad de manifestantes fue la mayor que se ha visto desde la Transición. No hubo ninguna declaración conjunta por la dificultad que entrañaba poner de acuerdo a tantos partidos y fuerzas políticas en una declaración conjunta.

Semejante despliegue iba encabezado por una pancarta, sujetada por las figuras importantes antes mencionadas, que mostraba el siguiente mensaje: “Por las víctimas, con la Constitución y contra el terrorismo”. Los tres puntos son muy loables y dignos de admiración, pero a nuestro entender, la referencia a la Constitución mantiene un doble sentido en esta situación.

Esa referencia puede entenderse como un gesto de adhesión a la democracia que defiende nuestra Carta Magna, pero esa no es la única interpretación posible. Después de todo, la Constitución es uno de los pilares sobre los que se asienta la lucha contra el terrorismo de ETA. También es el objeto de controversia por el plan del Lehendakari vasco Juan José Ibarretxe. No parece demasiado descabellado aventurar la suposición de  que la mención a la Constitución fue una aceptación tácita de que la autoría era de ETA, o cómo mínimo, que la posibilidad de que así fuese era todavía muy grande. Después de todo, este país ha sufrido el azote del terrorismo durante décadas.

Pero queda la duda de que no se estuviese tratando de desviar la atención de que Madrid hubiese sufrido un atentado de Al Qaeda, algo sobre lo que ya se había advertido podía ocurrir desde el momento en que el Gobierno apoyó, en contra de la opinión mayoritaria de los ciudadanos a los que representan, el ataque de Estados Unidos contra Irak.

Igualmente se puede discutir acerca de la manifestación congregada frente a la sede del Partido Popular en Madrid. La manifestación se llevó a cabo durante la jornada de reflexión previa a las elecciones generales que se celebrarían al día siguiente. Esto motivó justificadas protestas por parte de los altos cargos del Partido Popular, que veían a los manifestantes que había frente a su sede como “delincuentes” que estaban violando la Ley Electoral.

 Los manifestantes se defendían de dichas acusaciones a su vez al afirmar que su presencia en la calle Génova (donde se encuentra situada la sede del Partido Popular) no respondía a un acto electoral, sino a una protesta por un presunto intento de manipulación de la opinión pública por parte del Gobierno, que intentaría negar las evidencias que apuntaban a Al Qaeda para evitar verse afectados en las elecciones.

En este tema fue relevante la presencia de los medios de comunicación. Porque no hubo, o apenas, al menos, medios nacionales. Los manifestantes se quejaban de una presencia de numerosos miembros de los medios de comunicación extranjeros, pero de los españoles, apenas había cobertura. Algún periodista que había ido por su cuenta para tratar de cubrir el acto por si acaso su empresa decidía emitirlo. Cámaras que permanecían pasivamente con sus equipos apagados, sin tomar ninguna toma de algo que, para bien o para mal, era una noticia importante. En la mayoría de medios hubo muchas más imágenes de Mariano Rajoy acusando a los manifestantes de delincuentes y amenazándoles con emprender acciones legales contra todos los congregados frente a la sede de su partido que las imágenes de los manifestantes propiamente dichas.

Cuando se trata de política, todas las declaraciones, actitudes y acciones suelen estar calculadas con bastante exactitud. Pero a lo largo de los días transcurridos desde los trágicos atentados de Madrid, los acontecimientos se han visto sometidos a un ritmo vertiginoso, se han acelerado hasta que dio la impresión de que realmente no había ningún control sobre como se estaban desarrollando. Esto ha hecho más difícil para todos los participantes el mantener la compostura.

Los medios de comunicación y su cobertura.

Como cabe esperar, los medios de comunicación de masas en nuestro país han dedicado mucho tiempo y espacio a esta noticia y a sus consecuencias, que es, sin ninguna duda, el acontecimiento de mayor gravedad ocurrido en España en años. Transcurridos unos pocos minutos desde el momento de las primeras explosiones ya había presencia de la prensa en alguna de las estaciones afectadas, principalmente por parte de periodistas que habían acudido por iniciativa propia. En muy poco tiempo había un despliegue impresionante de medios, nacionales y extranjeros, en toda la zona.

Con la confusión todavía reinante, los datos ofrecidos por diversas emisoras de radio y televisión variaban ampliamente de una a otra. Las cifras del número de fallecidos y de las explosiones que habían tenido lugar no eran unánimes. En este sentido, Telemadrid fue la que parecía estar adelantada respecto a todas las demás emisoras. También fue la que más se comprometió a seguir la noticia, sustituyendo toda su programación habitual por un seguimiento detallado de los acontecimientos e incluso eliminando toda la publicidad preparada para ser emitida el día once. Otras cadenas decidieron no seguir su ejemplo, o no pudieron hacerlo. A lo largo de aquel fatídico día, y de los que siguieron, muchos telespectadores pudieron observar con cierta molestia, como individuos que normalmente se dedican a discutir apasionadamente sobre qué famoso se acuesta con quién, y otros temas de similar envergadura, se explayaban largo y tendido sobre temas de terrorismo y política internacional.

En el estudio de la propaganda existe un concepto llamado Unanimidad de contagio. Esto se refiere al hecho de que las masas que todavía no tengan una decisión formada sobre un tema, o que su decisión sea poco firme, pueden verse arrastradas por la opinión de un grupo más decidido, que no tiene que ser necesariamente mayoritario. Por ejemplo, si en un auditorio donde hay unas cien personas, veinte de ellas se ponen a aplaudir tras el discurso de un orador, se puede predecir de manera bastante fiable, que al menos otras treinta o cuarenta personas se les unirán en el aplauso, aunque no lo hubieran iniciado por sí mismos.

Cuando el auditorio incluye toda la nación, a varios millones de personas, los medios de comunicación asumen a menudo la función de ese grupo que arrastra a los demás hasta su punto de vista. La tiranía de la comunicación, de Ignacio Ramonet, es un libro dedicado al análisis del proceso de manipulación que sufre la población por parte de los medios de comunicación de masas. En el momento en el que pone a explicar cuál es el nuevo papel otorgado a los periodistas podemos leer lo siguiente:

“(Ahora) lo importante son las imágenes del acontecimiento sobre el cual, como en un partido, no hay gran cosa que decir. El comentario es mínimo y el papel del presentador disminuye. El periodista se presta a añadir un mínimo de informaciones pues es la fuerza de la imagen lo que importa. Lo mismo que se puede seguir un partido suprimiendo el sonido, se pueden prácticamente seguir los acontecimientos suprimiendo los comentarios.(...) La televisión cree que ahora puede mostrar “la historia mientras se hace”; y que cada uno es lo suficientemente adulto como para comprenderla. Como si fuera suficiente ver un acontecimiento para comprenderlo. Por esto se abre paso una concepción de la información en la que cada vez se valora menos el trabajo del periodista”.

Ramonet dice que la función del periodista no es solo informar, sino también interpretar esa información a un público que podría no estar totalmente capacitado para captar todas las implicaciones de los datos que se le han ofrecido.

Pero llevar a cabo dicha tarea representa una enorme responsabilidad. Se trata de asegurarse de que se están manejando datos fiables, y de no ser así, hacérselo saber al público. Hay una diferencia muy grande entre informar y especular. Muchos tertulianos no parecen darse cuenta de ello, y hablaban con una seguridad que hacía que alguien se preguntara que sabrían ellos que los demás no supiéramos. En un momento tan cargado de tensión no se debería dar como hechos probados lo que por el momento es tan solo una teoría.

De la misma forma, para una correcta interpretación, hay que tratar los datos con honestidad, evitando tergiversaciones de los mismos con ánimo de dirigir las opiniones y actitudes del público

Reflexiones sobre la dimensión propagandística de los atentados.

Un análisis de la actuación del Gobierno durante las primeras horas tras los atentados nos lleva a encontrarnos con varias contradicciones, y las explicaciones dadas hasta el momento resultan como mínimo cuestionables.

Para empezar, hay una diferencia muy apreciable entre el convencimiento con que Ángel Acebes, ministro de Interior, afirmaba tajantemente que no tenía ninguna duda sobre la autoría de ETA, pero añadiendo a su vez, que no se descartaban otras posibilidades. Esto se hacía en las primeras declaraciones oficiales sobre los atentados, que fueron anteriores al informe elaborado por el Centro Nacional de Información. Este informe exponía que la responsabilidad apuntaba hacía la banda terrorista ETA.

Cuando el día 18 de marzo el susodicho informe fue desclasificado en un intento del Gobierno de salvar su credibilidad, se apoyaron en el mismo para defender su posición sobre quién había cometido los crímenes. Pero resulta difícil creer que las declaraciones de Acebes estuviesen basadas en un informe que no se elaboró hasta después de su comparecencia ante los medios de comunicación.

Además, la ministra de Asuntos Exteriores hizo enviar telegramas a los embajadores españoles en los que se les confirmaba la implicación de ETA en los atentados, apoyándose en los análisis realizados la los explosivos hallados en una furgoneta. Esos análisis no eran ni mucho menos concluyentes. Incluso cuando se descubrió que los explosivos y detonadores dentro de la mochila bomba desactivada coincidían con los que se encontraron en la misma furgoneta que contenía los versos del Corán, los miembros del Gobierno seguían insistiendo en que los atentados fueron causados por ETA.

Pero a medida que las pruebas que avalaban la fuente del atentado como terrorismo fundamentalista islámico se iban acumulando, llegando al punto de empezar las detenciones de algunos sospechosos de nacionalidad marroquí e india, la actitud del Gobierno pasó a ser de una mayor cautela.

Se mostraron muy cuidadosos a la hora de valorar estas pruebas, indicando que todavía no había nada definitivo, e incluso con cierto escepticismo ante los comunicados de Al Qaeda recibidos por un periódico londinense, que ya había servido en anteriores ocasiones como medio de difusión de la organización terrorista de Osama Ben Laden.

A medida que todo va señalando cada vez con mayor claridad al fundamentalismo islámico, el Gobierno sigue insistiendo en el carácter provisional de estas teorías, y que siguen sin descartar ninguna otra posibilidad.

¿Por qué esa diferencia de actitud, dependiendo de la teoría? Cuando apenas había nada sobre lo que apoyarse para una teoría válida, sostuvieron con plena seguridad que se trataba de un atentado de ETA, pero insisten en no dar nada por concluyente cuando se van acumulando las evidencias que determinan a alguno de los grupos relacionados con Al Qaeda como el verdadero responsable.

Observando la unanimidad con la que medios de comunicación y fuentes oficiales difundían la absoluta seguridad de que se trataba de un atentado de ETA, parece como si hubiese algún tipo de consigna que no dejara lugar a la duda o a otras posibilidades.

En la teoría de la Comunicación se estudia un fenómeno denominado Espiral del silencio. Se trata de explicar lo siguiente: cuando una idea de cualquier tipo es defendida por una gran mayoría, aquellos que disienten de esa idea se encuentran en cierto modo aislados. Ese aislamiento ejerce presión sobre ellos hasta el punto en el que no se atreven a expresar su desacuerdo, o incluso a aceptar la opinión de la mayoría a fin de no sentirse excluido.

A la vista de lo sucedido, es factible efectuar una hipótesis sobre un intento del Gobierno de crear una espiral del silencio sobre la idea de que ETA era responsable de la masacre. Apoyar las tesis del Gobierno significaría apoyar la lucha antiterrorista y facilitaría la captura de los responsables. No apoyar sus tesis equivaldría a mostrarse desleal y entorpecer la investigación al añadir más confusión a una ciudadanía todavía atónita.

En esa situación, las tesis de Al Qaeda serían fácilmente desdeñadas de cara a la opinión pública. Otra cosa muy distinta es como se estuviese desarrollando realmente la investigación, que a vista de las informaciones que van surgiendo, parece ser que estuvieron dando peso a la posibilidad de terrorismo islámico mucho antes de que las declaraciones de los miembros del Gobierno comenzaran a decantarse en esa dirección.

Independientemente de que esta espiral del silencio fuese causada de forma deliberada o por una simple precipitación del Gobierno al atribuir responsabilidades sin pruebas de ningún tipo, de haberse mantenido durante dos días más, habría significado un resultado electoral muy distinto al que hemos podido ver.

Pero esto no ocurrió. Las detenciones de individuos provenientes de Marruecos y la India hicieron que la población comenzara a dejar de lado las teorías oficiales y comenzara a plantearse seriamente la probabilidad de un ataque de Al Qaeda. Esto remitió a los votantes a los recuerdos de las grandes manifestaciones en contra del apoyo que el Gobierno español daba al presidente de los Estados Unidos en su intento de conseguir el respaldo internacional a la planeada invasión de Irak.

Ya entonces, entre los argumentos esgrimidos en contra de la actuación del Ejecutivo, se barajó que el apoyo de España a una invasión por lo demás injusta significaría poner a nuestro país en el punto de mira de organizaciones terroristas islámicas.

Con el recuerdo de dichas advertencias todavía recientes, la población española acudió a las urnas. Y los partidos políticos, atados de pies y manos por ser jornada de reflexión, no pudieron reaccionar ante esta cadena de acontecimientos.

Tras las elecciones, los mayores partidos políticos niegan la influencia de los atentados en el voto de los españoles. El Partido Popular niega que su derrota se deba a un castigo electoral por parte de una población que lo hace responsable de llevar a España a convertirse en blanco de atentados como este. El Partido Socialista Obrero Español, a su vez, rechaza que su victoria se deba más a una negativa de muchos españoles de continuar viendo al Partido Popular en el poder que a un apoyo legítimo a su propio partido.

Bien, esas declaraciones no deberían sorprender a nadie. Tras unas elecciones, todos los partidos que han presentado candidato tienen costumbre de valorar los resultados de forma positiva, aunque se trate de un fracaso estrepitoso. Este caso no ha sido diferente.

En lo que se refiere a las intenciones propagandísticas de los terroristas con los ataques del 11-M, tampoco hay convencimiento acerca de las consecuencias que buscaban provocar con los atentados. Philip Gordon, que durante la administración Clinton fue asesor de las relaciones de Estados Unidos con Europa, afirmó en una entrevista que el resultado electoral parecía directamente relacionado con los atentados, lo que suponía una victoria de Al Qaeda, y la conclusión de que la organización terrorista realmente puede derribar gobiernos a través de sus métodos.

Por el contrario, Susan George, presidenta del Observatorio de la Mundialización, negaba que la elección de la fecha de los atentados hubiese sido escogida a fin de alterar el desenlace de las elecciones generales. En su lugar, plantea la hipótesis de que se hubiese seleccionado la fecha por el carácter simbólico que tendría por su coincidencia de los archiconocidos ataques a las torres del World Trade Center. Para ella, hablar de la victoria electoral del PSOE como un triunfo del terrorismo es la forma que tiene la administración Bush de intentar evitar el distanciamiento del nuevo gobierno español respecto a la mantenida hasta el momento por el gobierno saliente.

 

4 comentarios

elizabeth -

me gusto mucho por que me ha ayudado para un trabajo de mi tarea de la escuela.gracias

jano -

tio sam vale mierda....

Autor -

Gracias por tu comentario. Sólo un detalle más: El 11 de Marzo de 2003 (un año antes del atentado) se publicaba en la prensa la decisión de España de respaldar la invasión de Iraq por parte de la Coalición (ver en el mapartado de la Guerra de Iraq)

Ramón, AKA "El abuelo" -

Hay que recordar que el 11 de marzo es medio año exacto con respecto al 11 de septiembre. En su momento también se especuló con que fuera por ello, por lo que se eligió esa fecha. De todas formas yo, personalmente, creo que se eligió España por un motivo primordial (que no el único), y es que la mayor parte de la población estaba encontra de la guerra, con que el en caso de un atentado a gran escala, la población española querría "bajarse del burro", sobre todo cuando no querían estar allí.

La verdad es que es un análisis bastante certero. Como profano en temas periodísticos me ha sorprendido bastante el grado de estudio de la propaganda. Le tengo que pedir a Jorge algún libro de Pizarroso, ya que el tema de la manipulación de las masas me parece sumamente interesante.

Un saludo y hasta luego...